Tom Wolfe, la leyenda del Nuevo Periodismo, muere a los 87 años

Tom Wolfe en Buenos Aires, en la Feria del Libro de 2008.
Foto: LA NACION/ Rodrigo Néspolo

Tom Wolfe, el brillante periodista y novelista que canalizaba el zeitgeist y que podía absorber subculturas fascinantes de la vida americana y transformarlas en una prosa eléctrica, murió el lunes en un hospital de Nueva York. Tenía 87 años.

Su agente, Lynn Nesbit, confirmó la muerte del autor a The New York Times, agregando que había sido hospitalizado por una infección no especificada.

Empezó como reportero a fines de los 50, y rápidamente desarrolló un estilo de no ficción que tomaba prestado de los principios de la literatura, ofreciendo piezas dramáticas, dominadas por personajes, y que ayudaron a engendrar el movimiento conocido como Nuevo Periodismo. Ya fuera que escribiera un perfil del autor de Atrapado sin salida, Ken Kesey, y sus amigos hippies The Merry Pranksters, o de los primeros astronautas americanos, Wolfe tenía un talento dramático para detectar el detalle más elocuente, y para crear un suspenso apasionante. Inventando frases célebres, como "the Me Decade" y "the Right Stuff", eventualmente posó sus ojos sobre la novela, usando su talento periodístico para producir un retrato profundamente informado y absolutamente absorbente de la Nueva York de los 80 con su exitoso libro de 1987, La hoguera de las vanidades. Su misma presencia era tan impactante como su escritura, apareciendo siempre en público con sus elegantes trajes blancos, y desplegando modales aristocráticos que lo hacían tan memorable como los coloridos individuos sobre los que escribía. "Nunca trates de encajar; es una tontería absoluta", aconsejó una vez. "Sé un personaje extraño y excéntrico. La gente te va a ofrecer información voluntariamente."

Nacido en marzo de 1931, Thomas Kennerly Wolfe Jr. se crió en Richmond, Virginia, aferrándose a su gentil acento sureño durante el resto de su vida. Asistió a la Washington and Lee University, donde estudió literatura inglesa -no había clases de escritura- y editó la sección deportiva del periódico de la universidad, y también co-fundó la revista literaria de la escuela, Shenandoah. Tras terminar su doctorado en Yale, trabajó como periodista en Springfield, Massachusetts, antes de trasladarse a The Washington Post y luego al New York Herald Tribune, cuyo audaz estilo de investigación se resumía en su lema: "¿Quién dijo que un buen diario tiene que ser aburrido?". Estando allí, escribía para la revista dominical del diario, que luego se transformaría en la revista New York, un presuntuoso competidor para la más refinada New Yorker.

Pero la primera revelación de Wolfe llegó en 1963 con una pieza que le vendió a Esquire acerca del mundo de los autos a medida en el sur de California. Pero después de hacer la investigación, entró en pánico acerca de cómo escribir la pieza. Por consejo de su editor, le mandó sus notas tipeadas, y las observaciones vívidas como de fluir de la consciencia se transformaron en "There Goes (Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby", un documento emblemático de la formación del Nuevo Periodismo -una estilo de vistoso y acelerado cuyos defensores, incluyendo a escritores idiosincrásicos como Hunter S. Thompson, estaban mapeando el ánimo cambiante y turbulento del país durante los sesenta.

Las técnicas de Wolfe en "Kandy-Kolored" -un retrato como si el lector estuviera ahí, digresiones inspiradas, cantidades obscenas de signos de exclamación y cursivas- serían sus características más destacadas en trabajos posteriores, quizás más memorablemente en su libro de no ficción de 1968, The Electric Kool-Aid Acid Test, que no sólo retrataba a Kesey sino también la contracultura del LSD en general. (El propio Wolfe no participaba del alucinógeno. "Sentí que era demasiado peligroso para arriesgarme", dijo en 2016, "y ellos no me presionaron"). Wolfe siempre se sumergía en ecosistemas únicos para presentar una visión macro de la vida americana. The Right Stuff, de 1979, que empezó como una serie de piezas para Rolling Stone acerca de los astronautas del Mercury Seven, se convirtió en un comentario sobre el espíritu entusiasta del país y la amplitud de su ambición. Sin importar el tópico, Wolfe aprendió rápidamente que intentar mezclarse con sus sujetos en realidad dañaba su investigación -simular saber más de lo que sabía hacía que no aprendiera las cuestiones básicas de los mundos en los que se metía.

"La gente no quiere que encajes", dijo en una entrevista en 1980 con Rolling Stone. "Ellos prefieren ponerte al día ellos. A la gente le gusta tener a alguien a quien contarle su historia. Así que si estás dispuesto a ser el que reúna la información en el pueblo, muchas veces te van a llenar de material. Mi única contribución a la disciplina de la psicología es mi teoría de la compulsión a la información. Parte de la naturaleza de la bestia humana es sentir que uno se anota un par de puntos de estatus cuando le cuenta a otra gente algo que no sabe. Así que eso juega a tu favor."

En esa misma entrevista, mencionó que estaba considerando escribir su primera novela: "Estoy haciendo algo que tengo en la cabeza desde hace un tiempo, que es un libro estilo Vanity Fair acerca de Nueva York, à la Thackeray", ofreció, y agregó: "Los novelistas rara vez tocan la ciudad. No sé cómo pueden hacer para evitar la ciudad. La ciudad fue algo central -no sé si la palabra es personaje, pero ciertamente algo dominante- en las obras de Dickens, Zola, Thackeray, Balzac. Tantos escritores talentosos hoy evitan la ciudad como tema. Y este es uno de los períodos más notables para las ciudades."

Tras años de investigación, Wolfe logró su meta idealista y publicó La hoguera de las vanidades, un tomo épico y contoneante que empezó por entregas en Rolling Stone. El libro le introducía al mundo a Sherman McCoy, un agente de bolsa rico y moralmente corrupto que, en otra frase vivaz de Wolfe, era un "Master of the Universe" en la época del vertiginoso boom de Wall Street en los ochenta. Recibió reseñas encendidas y disfrutó de ventas fenomenales, y La hoguera de las vanidades se ocupaba no sólo de Nueva York sino también del racismo, la masculinidad, la desigualdad económica, un sistema judicial roto y la prensa sensacionalista -todo mientras era extrañamente gracioso e inesperadamente emotivo. Era un Wolfe clásico: metido hasta las rodillas en la caótica vitalidad de la vida americana, pero agudo en cuanto a las limitaciones y contradicciones del país.

"Cuando escribí ese libro, lo hice con un espíritu de asombro", confesó más tarde. "Estaba diciendo [excitado]: '¡Miren esa gente! ¡Miren lo que están haciendo! ¡Miren a ese! ¡Miren a ese otro!'. Fue después de terminarlo y releerlo que pude ver que había un efecto acumulativo que llega a [una lectura oscura del libro.]"

Wolfe siguió escribiendo en las décadas posteriores, recibiendo buenas reseñas y ventas aún mejores por su siguiente novela, Todo un hombre, nominada al National Book Award. (Esta vez, el ambiente era Atlanta). Pero nunca más capturó el pulso de la época de manera tan trascendental como en su obra anterior. En el camino, también acumuló detractores célebres, como los novelistas John Updike, Norman Mailer y John Irving, quienes acusaron a La hoguera de las vanidades de ser una bastardización de la forma novelística. Con su inimitable estilo pavoneante y extravagente, Wolfe respondió con una pieza satírica llamada "My Three Stooges", criticándolos por no hacer ninguna investigación para sus propios libros recientes, lo cual hacía que su trabajo fuera estéril. "La novela americana se está muriendo", declaró, "no de obsolescencia, sino de anorexia… Necesita novelistas con mucho apetito y con una sed insaciable por… Estados Unidos… tal como son ahora."

La reputación de Wolfe también recibió un golpe cuando apoyó sonoramente a George W. Bush, diciendo en 2004: "Si apoyás a Bush en estas elecciones te consideran perverso o retrasado. Nunca vi un candidato tan agraviado. De Reagan se reían, pero esto es un odio personal, verdadero… Yo votaría a Bush tan solo para ir al aeropuerto a saludar a toda la gente que dice que si él gana otra vez se va a Londres. Alguien tiene que quedarse."

Y aún así, su impacto como cronista de los cambios culturales sigue siendo intachable. (Un ejemplo: fue Wolfe quien le habló por primera vez a Jann Wenner, editor de la Rolling Stone original, acerca de una forma musical incipiente conocida como hip-hop). Y además de ser vibrante como un caleidoscopio, su prosa volcánica inspiró a otros escritores a dejar la formalidad a un costado para encontrar sus propias voces y llegar a la verdad de sus temas.

"Hay muchas personas que son excelentes escritoras de cartas", explicó Wolfe en 1975. "Pero esa misma gente tiende a congelarse cuando escriben para ser publicadas. Censuramos nuestras emociones y nuestras mejores frases para no revelar demasiado de nosotros. Yo simplemente aprendí a no censurar las cosas que pasan por mi mente mientras escribo."

Tim Grierson

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