Nahuel Pérez Biscayart: “Actuar en otros idiomas funciona como un disfraz”

Nahuel Pérez Biscayart, la figura argentina de la última edición de Cannes.
Foto: LA NACION/ Ignacio Coló

De todas las escenas que interpreta Nahuel Pérez Biscayart en 120 pulsaciones por minuto, la que probablemente mayor asombro vaya a generar en el público local no es, ni de cerca, ésa en la que se lo ve teniendo sexo con el actor galo Arnaud Valois, sino una que aparece por el minuto cincuenta y pico del film. Sean, su personaje, discute de manera acalorada con Thibault, otra figura clave de la película, en un francés veloz y visceral que jamás invitaría a pensar que, para Nahuel, la única instancia de aprendizaje formal del idioma consistió en dos meses de clases en París. ¿Cómo fue que este chico de Parque Chas llegó a protagonizar un film premiado en la última edición de Cannes y a convertirse en un francoparlante perfecto? Quizá la respuesta más honesta sea: por una aptitud enorme para explorar territorios desconocidos. "No fue algo premeditado hacer una carrera de actor en el exterior, se fue dando de manera medio azarosa. Por supuesto que uno acepta ciertos trabajos, rechaza otros y eso va configurando un recorrido, pero nunca tomé decisiones teniendo en cuenta la nacionalidad de un proyecto", dice él. Sí, a los 31 años, el actor desgarbado y de ojos saltones que muchos recordarán de El aura y Cara de queso devino un intérprete fetiche del cine de autor en Europa: en los últimos años, también interpretó papeles en italiano, portugués, inglés, "un poquito de chino" y alemán. "Actuar en otros idiomas tiene algo muy interesante: de entrada funciona como un disfraz. Hay una sonoridad en la que en parte desaparecés y te permite tener menos prejuicios con el significado de las palabras", analiza por WhatsApp desde Cuba, en uno de sus escasos momentos de conexión en la isla, a la que viajó invitado por un festival y se quedó a recorrer varias semanas. "En muchas de estas experiencias que implican actuar en otras lenguas me descubrí a mí mismo teniendo menos pudor de decir determinadas frases o manifestar ciertos estados."

120 pulsaciones…, que se estrenó en enero en Argentina, reconstruye la historia de Act Up, un movimiento internacional que organizó acciones de visibilización de la epidemia del VIH/sida. A través de manifestaciones y escraches, sus militantes luchaban para conseguir avances en las políticas estatales de prevención y presionaban a los laboratorios para que mejorasen los tratamientos durante los primeros noventa, una época en la que contraer el virus significaba tener muy pocas chances de sobrevida. "Cuando leí el guión me emocioné mucho. Lloré, me reí, me pasaron cosas que pocas veces te pasan con un libreto", cuenta Nahuel. Para Robin Campillo, el director, éste era uno de los proyectos más importantes de su carrera: él mismo había sido activista de Act Up Paris y contar esta historia era una gran cuenta pendiente. Por eso, y porque el film está narrado de forma coral (¿hay otra manera de contar la historia de una lucha colectiva?), el proceso de selección se tornó más largo de lo habitual: Campillo buscaba no solamente grandes intérpretes sino buena sinergia entre ellos. "El casting no se trató sólo de encontrar a un actor que diera bien sino a binomios, tríos, parejas. Así que pasé por muchas instancias en las que me encontraba con actores y probábamos cosas", cuenta Nahuel. Después de nueve meses, finalmente, comenzó a darle vida a Sean, uno de los militantes más radicales del movimiento.

La primera película internacional en la que actuó Nahuel fue A fond de bois. El director francés Benoit Jacquot lo llamó después de haberlo visto en La sangre brota, del argentino Pablo Fendrik. El protagonista de su película debía hablar una suerte de dialecto antiguo, inventado para el film. "Y como yo no hablaba una gota de francés, mi acento bruto iba muy bien", se ríe en otro audio. La de Jacquot no fue una película de gran éxito pero sí fue una llave que abrió puertas inesperadas: varios directores de casting, entre ellos las responsables de armar el elenco de 120 pulsaciones, lo conocieron por ese papel. Y así llegaron las oportunidades que lo alejaron de Buenos Aires y de una eventual carrera de famoso vernáculo (además de teatro y cine, ya había hecho televisión: Disputas, Aquí no hay quien viva, Epitafios y El puntero).

Conforme fue progresando su carrera de actor en películas extranjeras que lo llevaban de un país a otro, Nahuel comenzó a embarcarse en viajes que duraban meses y que fueron tejiendo una vida medio nómade con la que parece sentirse muy a gusto. "La gente de Francia piensa que vivo en Argentina y en Argentina piensan que vivo en Francia. Concretamente, no tengo casa en ningún lado, tengo valijas en los dos países." Su Instagram es la bitácora de esas aventuras sin fronteras: entre sus últimos posteos hay fotos tomadas en Canadá, Estados Unidos, Francia, Vietnam, Corea, Italia, Mozambique, Bolivia, Filipinas y al menos diez países más.

Ahora, con su retrato en el afiche promocional del film (y el logo del Gran Premio del Jurado de Cannes estampado a la altura de su hombro), vale entusiasmarse con la idea de ver a un argentino jugando en las ligas del más prestigioso cine europeo. Pero, lejos de embarcarse en conjeturas sobre su rumbo, él prefiere ir paso a paso. Durante los días en que van y vienen nuestros mensajes de WhatsApp, en París estrenó Si tu voyais son coeur, una ópera prima en la que compartió elenco con Gael García Bernal y la actriz francesa Marine Vacth. Y, por ahora, sigue leyendo guiones sin rodajes confirmados. "Te dejo, que el señor de seguridad me pide que apague el celular", dice en un último audio que, desde el fondo, permite escuchar un llamado a embarque. En unos minutos, Nahuel se tomará uno de los primeros aviones del año. Habrá muchos más, es obvio.

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