‘American Horror Story: Cult’: Una parodia fallida sobre el triunfo de Trump

No hay nada sutil acerca del momento histórico que vive Estados Unidos. Un hombre que no controla sus impulsos y con un desdén enfermizo por cualquier persona o cosa que no se parezca a él ha llegado al sillón más importante de la Tierra. Los norteamericanos tienen sus inclinaciones y odios políticos a flor de piel (muchas veces literalmente, muchas veces en forma de esvásticas). Es momento tonto, brutal y desagradable, y ahora vuelve un programa de televisión muchas veces tonto, brutal y desagradable. Se llama American Horror Story: Cult. Y es una gran oportunidad perdida.

A diferencia de otras versiones de esta serie antológica de terror de Ryan Murphy y Brad Falchuck -que se inclinaban por vueltas de tuerca de artilugios del terror en lugar de meterse directamente con la actualidad-, la séptima temporada de AHS se ubica de manera estridente y asumida en unos Estados Unidos que se tambalean después de la elección presidencial de 2016; no es sólo el contexto sino también la sustancia del terror. En su intento de parodiar y comentar el miedo, la crueldad y la paranoia de Estados Unidos bajo la administración Trump, sin embargo, se vuelve un artefacto de estos factores. El programa es reductivo allí donde debería ser incisivo, soso donde debería ser agudo, convirtiendo a progresistas y miembros de la derecha extrema en monstruos igualmente repulsivos.

Las estrellas Sarah Paulson y Evan Peters hacen de dos ciudadanos de Michigan en ambos lados del espectro político: Ally Mayfair-Richards es una lesbiana de izquierda con una familia nuclear adorable, un restaurante y un montón de ansiedades; Kai Anderson es un ermitaño de derecha que se excita con la rabia y el miedo de los otros. Los primeros cuatro episodios del programa ponen a ambos camino a su colisión, empezando la noche de la elección de 2016.

Pero hay algo raro acerca de estos dos, al igual que en los otros personajes del programa: no son personas. Son caricaturas. Y si bien el modus operandi del show sigue siendo llevar todo a la grandilocuencia, es un error para cualquier cosa que busque un tono satírico preciso. "¿Qué pasó con CNN que no nos alertó antes de anunciar los resultados?", se queja Ally de manera inverosímil en los brazos de su sufrida esposa Ivy (Alison Pill), cuyo único rasgo de personalidad es ser sufrida. Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Kai festeja: "¡Mundo, andate a la mierda! ¡U.S.A.! ¡U.S.A.!", mientras se frota contra la pantalla de televisión. Más tarde, Ally reta a su hijo por ponerle a su mascota un nombre cisgénero, y se siente atormentada por haber votado a la candidata del partido verde Jill Stein en vez de a Hillary Clinton, mientras que Kai se pasa unos grasientos Cheetos por la cara y les tira un condón lleno de orina a unos trabajadores latinos. No le hablen de sutilezas a Ryan Murphy.

Aquí no hay seres humanos: sólo hombres de paja construidos a partir de titulares de noticias y poca investigación. "El momento más orgulloso de mi vida fue cuando Lena Dunham me retuiteó", suelta un personaje en una entrevista laboral, a propósito de nada. (Hablando de eso, la creadora de Girls supuestamente va a hacer un cameo más tarde en esta temporada). "Después de eso, tuve casi 6.000 seguidores. No lo suficiente para elegir a la primera presidenta mujer." En otra escena, dos mujeres "liberales enojadas" atan a un supuesto votante de Trump en un sótano la noche de la elección para que no pueda votar. "La gente como vos ya no importa", le escupe una de ellas, transformándose en el hombre de la bolsa de izquierda que los de derecha temen, pero que no tiene un correlato en el mundo real.

Tratándose de AHS, el miedo no puede ser solamente un sentimiento; también tiene que tener una forma, así que ahí tenemos a una banda de payasos asesinos con máscaras de goma y cuchillos ensangrentados. Es un truco fácil, otro monstruo típico, y una referencia a la bizarra serie de 2016, en la que aparecían payasos aterradores en la Costa Este, y que se sentía como un síntoma de la locura aún no diagnosticada que dominaba el país antes de las elecciones. Un año después, sin embargo, estos merodeadores palidecen en comparación a los verdaderos monstruos que desde entonces han aparecido. Los payasos pueden dar miedo. Pero los nazis de la vida real dan mucho más miedo.

Lo cual nos lleva al problema general de intentar de hacer un programa de televisión que describa el momento presente: para cuando sale al aire, ya es el pasado. Cult parece un programa que fue al mismo tiempo hecho demasiado pronto y demasiado tarde, poniendo el dedo en la llaga mientras al mismo tiempo se ocupa de temas viejos. La ansiedad flotante que muchos americanos sintieron en los días posteriores al 8 de noviembre de 2016, ya no es más flotante, tal como la encarnan Ally y sus fobias en Cult; se ubicó en terrores reales cotidianos como las marchas de los supremacistas blancos, en el coqueteo nuclear y en el despojo de los derechos de los inmigrantes y las minorías. Kai puede ser un megalómano sin límites, pero parece, perversamente, más razonable que el niño de 71 años que gobierna Estados Unidos.

Hablemos de Kai por un segundo. Es un villano clásico, en la línea del Guasón, con su sed de poder mezclada con carisma, inteligencia y psicopatía. (Y, para dar crédito a Peters, lo transmite muy bien). Pero como la figura metafórica que Murphy y Falchuck parecen querer que él sea, es bastante confuso. "No hay nada más peligroso en el mundo que un hombre humillado", declara desde el principio, una señal de que es un sustituto de los defensores de Trump que se sienten frustrados ante un mundo cada vez más diverso y progresista que parece dejarlos atrás. Pero las primeras personas que recluta son una defensora de Hillary Clinton (Billie Lourd), un hombre gay frustrado (Billy Eichner) y una conductora de noticiero afroamericana (Adina Porter). Por favor, llámenme si alguna vez ven una pandilla de derecha tan diversa como esta.

Quizás lo más desagradable acerca de la parodia sádica de Cult de la política actual sea lo que excluye. Este es un programa hecho por, para y sobre gente blanca. Y sólo gente blanca. Con la excepción de Porter, los pocos personajes de minorías en el programa son utilizados como víctimas de asesinatos y/o bromas secundarias respecto de las bromas más importantes del programa. Cuando un personaje latino es asesinado, su muerte es aprovechada para una parodia sugerida del movimiento Black Lives Matter. En cuanto a las consecuencias, Cult lo trata menos como una persona que como un símbolo de lo que los protagonistas blancos del programa pueden o no sentir.

Quizás algunos sientan placer de adentrarse en este horrendo mundo ficcional, en el que cada persona -sin importar de qué lado de la batalla política esté- siempre se entrega a sus peores y más básicos instintos. Pero para el resto de nosotros, es un golpe equivocado, en un momento en el que ya estamos en el piso, abatidos por los verdaderos golpes de las últimas noticias. En su discurso inaugural, Trump dijo que vivíamos en una época de "carnicería americana". Su diagnóstico desalentador de nuestra sociedad parecía falso para muchos americanos, pero quizás no para los creadores de AHS. El país está enfermo, sí, pero no de la manera que Trump -o Cult- parecen creerlo.

Jenna Scherer

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